Cantus Firmus

Cantus Firmus

Por Jill Carattini*

Narrar y contemplar relatos conlleva una cierta responsabilidad. Existe la tentación de narrar la historia, las biografías e incluso las autobiografías, de reducir el relato a una teoría o a un escenario, a un secreto o a cierto encuentro que desentrañe el misterio de algún suceso o de alguna vida. Deseamos resolver el acertijo que es Emily Dickinson, resolver las peculiaridades de Napoleón y entender el significado esencial de nuestro propio camino sinuoso. Sin embargo, si bien la forma de narrar relatos puede requerir ciertos parámetros, la vida no suele ser delimitada con la misma facilidad.

El ya finado Roger Lundin, un biógrafo él mismo, sugiere la necesidad del asombro al narrar crónicas humanas, una tarea a la que todos, de alguna forma, estamos dedicados. «La habilidad de reconocer las exigencias en competencia y la intrincada complejidad de la motivación humana es un don y una necesidad para escribir una buena biografía, así como una necesidad para comprender de manera equitativa y creativa y de manera justa una vida humana» (1). Modelar una vida, o vidas, en palabras es ciertamente una tarea más colosal de lo que a menudo admitimos. ¿Cómo describir a un ser querido fallecido a pequeños que nunca lo han conocido? ¿Cómo expresar las vidas de miembros de la familia, figuras históricas, personajes bíblicos o vecinos? Esta obligación se encuentra a nuestro alrededor, compitiendo por una sensación de asombro, humildad, gracia.


Siempre he valorado la terminología empleada por Dietrich Bonhoeffer cuando describe la vida a un amigo. Habla en términos musicales e introduce la idea de que la vida no puede reducirse a una sola nota o a una monotonía. Uno de los términos que emplea, es cantus firmus, que significa «melodía fija», una melodía preexistente que forma la base de una composición polifónica. Aunque la canción introduce giros en tono y estilo, contrapunto y estribillo, cantus firmus es la melodía que perdura, no siempre en la vanguardia pero siempre tocando en alguna parte dentro de la composición. Para Dietrich Bonhoeffer, la vida era una gran obra de sonido y dirección sinfónica, y el cantus firmus era la esencia, el alma del concierto.

Habla, también en estos términos, de la vida ante lo Divino: «Dios desea que lo amemos eternamente con todo nuestro corazón, no de manera que dañe o debilite la vida terrenal, sino proporcionando una especie de cantus firmus al cual otras melodías de la vida aportan el contrapunto […] Mientras el cantus firmus sea claro y llano, el contrapunto puede evolucionar hasta sus límites» (2).
Al escribir estas líneas, Bonhoeffer, que se enfrentaba a su ejecución y el inminente fin de su vida, confiesa que la vida es una sinfonía imponente, una melodía para contemplar con atención y consideración por su gran variedad de intrincadas armonías. En toda esta complejidad, no hay melodía mejor compuesta que una que tenga como fundamento un amor incondicional a Dios. Cuando la melodía perdurable de la vida misma es una melodía escrita y tocada para Dios, la composición resonará en los cielos. Es precisamente este tipo de melodía que perdura más allá del corista que la entonó.
Cuando Jesús de Nazaret habla acerca de la vida, él también habla de múltiples reinos, de la vida tal como es en la tierra y en el cielo. Al igual que una gran composición, existen estratos de fe y creencia, Comunión y el Reino, historia y canto. En cierto sentido todas las historias de nuestras vidas son la misma, escritas por el gran compositor de la música y la armonía Y, sin embargo, cada canción es también exclusivamente nuestra. Para mí, como sin duda para ti, ha habido notas menores, cuando la vida parece alejada de cualquier coro de esperanza o cuando Dios parece estar ausente. Por otra parte, también ha habido momentos en que ese cantus firmus de amor o gratitud resuena en tonos exaltados, y Dios se acerca en la doxología.
¿Cómo podemos, entonces, contar la historia de una vida humana? ¿Cómo verter en palabras los contrapuntos, tempos y melodías? Quizás podemos empezar con la canción en el centro de nuestras propias almas, mientras escuchamos el arreglo de nuestros vecinos:
«De día mandará el SEÑOR su misericordia;
y de noche su canción estará conmigo,
la oración al Dios de mi vida» (Salmo 42,8).
Ubicado en el centro más profundo de una vida, la presencia de Dios es el cantus firmus, descubierto y recuperado durante toda una vida. El amor de Dios es la melodía imperecedera que pone música a nuestra historia.

*Jill Carattini es gerente editorial de A Slice of Infinity en Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia.

(1) Roger Lundin, Mars Hill Audio Journal, Volumen 79, Marzo/Abril 2006.
(2) Dietrich Bonhoeffer, Letters and Papers from Prison (New York: Simon & Schuster, 1997), pg. 303.

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