¿Cómo veía Jesús a Maria Magdalena?

por Jill Carattini*

 

María Magdalena ha recibido muchísima publicidad desde su época y, como la propaganda de los tabloides, no es cierta. Las afirmaciones de que estaba casada con Jesucristo, o que fundó una comunidad consagrada al gnosticismo, corresponden a versiones de la historia sin fundamento alguno, si consideramos las fuentes más antiguas. No están basadas en el Nuevo Testamento y no parecen tener ningún fundamento en las tradiciones de la Iglesia anteriores a la segunda centuria.

Lo que sabemos acerca de María es que fue poseída por espíritus malignos, siete para ser exactos, antes de conocer a Jesús. Se ha especulado mucho acerca del significado de esta posesión. Hay quienes alegan que era prostituta y que, por lo tanto, se cree que estaba repleta de espíritus inmundos, aunque esto jamás se afirma. Independientemente de su vida anterior, es indudable que todo aquello cambió cuando conoció a quien la sanó. María se sumó a las filas como seguidora de Jesús, y jamás lo abandonó, ni siquiera al final.

Los estudiosos nos recuerdan que esto nos dice mucho acerca de María, aunque dice aún más acerca de aquel que ella seguía. «Lo más sorprendente acerca del papel de la mujer en la vida y la enseñanza de Jesucristo es el simple hecho de que se encuentran ahí» (1). Jesús entro en un mundo en el que, en gran medida, se discriminaba a la mujer. Las mujeres tenían prohibido pasar más allá de cierto punto en el recinto del Templo; eran excluidas de las conversaciones públicas, donde su papel estaba restringiendo al de espectadoras. Jesús no solo rechazó esta práctica, sino que actuó radicalmente en oposición a ella. Sorprendió a sus discípulos al conversar con aquellas que por lo general eran rechazadas: una mujer con hemorragias en un camino, una samaritana sacando agua de un pozo. Hizo a un lado toda discriminación e injusticia, y recibió a las mujeres valientes que formaron parte de cada evento descrito en el Nuevo Testamento.

Jesús afirmaba ser el Hijo de Dios, lo cual es una declaración acerca de uno mismo que es incomprensible. Sin embargo, esa no es la única afirmación inconcebible que hizo. Si lo estudiamos, como si se tratara de un lunático de cuidado entre la multitud, encontramos que es completamente contra cultural, que afirma a aquellos que son rechazados y pasados por alto, que da a las mujeres una voz y un lugar seguro para ser escuchadas, que llama a todos a la transparencia y que habla con un mundo quebrantado, dolorido, deficiente, enfermo y pecaminoso. Si este es, en efecto, el Hijo de Dios, se trata de un Dios que no solo no le molesta lidiar con nuestras historias personales descarnadas, sino que así lo exige; Él mismo quiso poner el pie en todo esto.

María Magdalena es una de esas historias. Dejó atrás una vida conocida para seguir a aquel que la conocía a ella. Hasta nuestros días, Dios juzga que esa historia de fe y discipulado sigue siendo una que vale la pena contar:

Aquella mañana después del Sabbat, según los escritores del evangelio, cuando aún estaba oscuro, María Magdalena se dirigió a la tumba sobrecogida por el dolor. Había seguido a Jesús y a sus discípulos de ciudad en ciudad, lo había visto sanar a los enfermos y liberar a los cautivos, y ver como convertía las cenizas en belleza y el duelo en alegría. Presenció como Jesús fue apresado, golpeado y clavado a una cruz, y fue testigo de su sepultura en una tumba, y de como la muerte había cegado  esa vida que había cambiado la suya. Como tantas mujeres en las Escrituras, las lágrimas de María eran  palabras desesperadas, quizás las últimas, al Dios que ansiaba que la estuviera  escuchando. El cuerpo que acudió a ungir y cuidar había desaparecido, y creía que el jardinero tenía algo que ver con ello. Con su afecto devastado, ella pide el cuerpo del ser amado: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo llevaré» (2).

Fue el sonido de su propio nombre lo que le abrió los ojos. Jesús le responde, «María». Y ella se vuelve hacia él y clama en arameo, «¡Raboni!»,  (que significa maestro). Más tarde, Jesús se apareció a todos sus discípulos, mas fue a María —una vida que estuvo una vez llena de desesperanza y fue transformada por un amor cautivador y el coraje de seguirlo— ante quien Jesús eligió aparecer primero. A ella que había amado tanto se le dio un lugar en ese relato, no como testimonio de sus pecados, o ejemplo de rebelión a normas morales, o como escándalo sensacionalista, sino como un reflejo adicional, y totalmente humano, de la trascendental historia del Hijo de Dios.

*Jill Carattini es editora en jefe de Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia.

(1) James Hurley, Man and Woman in Biblical Perspective (Grand Rapids: Zondervan, 1981), pg. 82.
(2) Juan 20,15b.

A Slice of Infinity tiene como objetivo adentrarse en la cultura con palabras que retan, son veraces y dan esperanza.   Deseamos compartir la belleza y la veracidad del Evangelio de Jesucristo estimulando la imaginación y cautivando la mente.

Suscríbase a A Slice of Infinity, de manera gratuita, y recibirá nuestros correos electrónicos semanales.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *