El Jesús más bello de todos

Por John M. Njoroge*

La diferencia tajante entre el Cristo de la fe y el Jesús histórico, el de los estudios del Nuevo Testamento, ha demostrado ser una mina inagotable para aquellos que ensayan nociones melodramáticas para probarlas durante las temporadas cristianas de fiesta más importantes. Se dice que el Jesús histórico es una persona meramente humana que nació y se crió en Palestina y fue crucificado durante la época de Poncio Pilato. Se supone que el Cristo de la fe es una figura mítica, sobrenatural, inventada por los primeros admiradores del Jesús terrenal. Esta idea floreció entre los eruditos bíblicos alemanes del siglo XVIII, particularmente después de la publicación póstuma, entre 1774 y 1778, de las notas privadas de Herman Samuel Reimarus.

Inspirados por las dudas de Reimarus con respecto a la historicidad de la Biblia, muchos otros estudiosos publicaron monografías en las que Jesús desempeña diversos papeles en varios repartos religiosos y culturales desligados de lo sobrenatural. Este movimiento, que se conoce como «la antigua búsqueda del Jesús histórico», quedó paralizado casi por completo tras la publicación en 1906 del libro de Albert Schweitzer, En búsqueda del Jesús histórico, cuyo título prestó su nombre al movimiento. Schweitzer demuestra que los eruditos de la antigua búsqueda compartían algo en común: se apoyaban en gran medida en ideas preconcebidas particulares acerca de quién suponían que era Jesús y por lo tanto «cada individuo lo creó según su propio carácter» (1). En otras palabras, cada uno de ellos acabó postulando al Jesús que salió a buscar en primer lugar.

Dora Maar, Sin título (Mano y espejo), 1934.

Desafortunadamente, la tendencia a replantear a Jesús en nuestra propia imagen continúa incluso hasta nuestros días. En círculos académicos, esta corriente la representa el Jesús Seminar (Seminario de Jesús), que se niega a considerar la posibilidad de lo sobrenatural por aquellos que «han alcanzado a ver los cielos a través del telescopio de Galileo» (2). Sucede incluso entre los creyentes cuando prefijamos el nombre de Jesús con el pronombre posesivo «mi» para proteger nuestro territorio de intromisiones no deseadas. Hace varios años, un amigo y yo asistimos a una iglesia en la que varias personas reventaron a carcajadas en medio del culto de adoración. Más tarde, mi amigo me informó que reían en Jesús. Conocía ya algo acerca del Jesús histórico, pero este fue mi primer encuentro con el Jesús histérico y una prueba adicional de su proteica maleabilidad en manos humanas.

Es imposible deshacerse de la fascinación por la personalidad de Jesús, ya sea en expresiones profanas infamantes o en momentos de alabanza fervorosa. Los niños cantan con entusiasmo acerca de Él en las aulas dominicales, mientras que los eruditos de hueso colorado, experimentados y escrupulosos, hacen pujantes carreras estudiando o incluso discrepando con sus palabras desde sus torres de marfil. Los adeptos a la Nueva Era lo quieren maestro ascendido. El hindú lo quiere gurú. El musulmán lo acepta como un profeta de Alá. El humanista secular lo admira como un gran maestro de moral, y los oprimidos del mundo se identifican con su sufrimiento. Como un atleta inmensamente dotado, con una personalidad excéntrica, Jesús es bienvenido en casi cualquier equipo, siempre y cuando los entrenadores conserven cierta medida de confianza en que pueden domarlo. Insistimos en encontrar a Jesús bajo nuestras propias condiciones, e invariablemente modelamos nuestras ideas acerca de quién es según nuestras imágenes más preciadas. Como la célebre reina en Blanca Nieves, nuestras preguntas acerca de Jesús están a veces motivadas por respuestas predeterminadas. Preguntamos, «Espejo, espejo en la pared, ¿cuál Jesús es el más bello de todos?» y la única respuesta que aceptaremos es la que mejor se adapte a nuestros caprichos.

Mas, a pesar de nuestra determinación temeraria de concebir a un Dios a la medida utilizando al Jesús histórico, el Jesús de la Biblia permanece en completo control de sí mismo y de nosotros. A fin de cuentas, es la eternamente imponente figura de aquel que afirma ser el Hijo de Dios Encarnado lo que está detrás de la exaltada e ineludible pregunta, «¿quién dicen que soy yo?» (Mateo 16,15). Cualquier búsqueda honesta de la respuesta a esta pregunta debe tomar nuestras presuposiciones en cuenta a la luz de la evidencia disponible. El principal problema que todos debemos afrontar es nuestra actitud hacia un mundo en el que existe un ser totalmente fuera de nuestro control y a quien nuestra autonomía debe quedar sujeta. En su libro, The Last Word, el filósofo Thomas Nagel, hablando quizá por muchos, atribuye su preferencia por la inexistencia de Dios a un «problema de autoridad cósmica» (3).

Fácilmente nos sentimos desgarrados por el dolor y sufrimiento que percibimos en nuestro entorno, y así debe ser. Sin embargo, qué día de regocijo cuando nuestros corazones quedan desgarrados por la dulce amargura de ese sufrimiento y de nuestros propios pecados a la luz de la pureza deslumbrante del Hijo de Dios; cuando nuestros puños se empiezan a entreabrir y soltar las piedras sentenciosas que lanzaríamos a otros, y cuando finalmente nos acerquemos a Dios, no como sus asesores, ¡sino como pecadores necesitados de misericordia y perdón! Cuando la intención es la correcta y el espejo es la palabra de Dios encarnado en su contexto histórico, el descubrimiento de que la verdadera belleza radica solamente en Cristo nos acercará cada vez más a la restauración de nuestra propia belleza en Dios. Tal encuentro con nuestro Creador no ocurre en medio de la cacofonía de los talleres de artesanos de deidades; ocurre cuando nada nos obstaculiza el panorama de la cruz.

*John M. Njoroge es miembro del equipo de oradores de Ravi Zacharias International Ministries en Nairobi, Kenia.

Traductor voluntario: Enrique Treviños

(1) Albert Schweitzer, The Quest of the Historical Jesús, (New York: Macmillan, 1962), p. 4.
(2) Robert Funk, Roy W. Hoover, and The Jesús Seminar, The Five Gospels (San Francisco: HarperCollins, 1997), p. 2.
(3) Thomas Nagel, The Last Word, (New York: Oxford University Press, 1997), p. 131.

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