El Reto de Atticus Finch

Por Cameron McAllister

Hay pocos retos más grandes para un novelista que crear un personaje virtuoso que sea verosímil. Nuestra inquietud innata por la lobreguez con frecuencia esboza la virtud con un matiz poco plausible. Tal vez lo más condenatorio de todo, sin embargo, es la opinión profundamente arraigada de que la bondad en si es aburrida mientras que el mal invariablemente es una seducción magnética. Los poetas y los críticos desde antaño consideran al personaje de Satanás como el héroe indiscutible del Paraíso perdido (Paradise Lost) de John Milton. A pesar de que esta no fue la intención de Milton, es difícil negar que Satanás se destaca en el elenco de personajes como, opinablemente, el más dinámico, persuasivo y tratable.  Un ejemplo contemporáneo podría ser la interpretación de el Guasón por el ya fallecido Heath Ledger en Batman: el caballero de la noche, de Christopher Nolan. No es tanto que lo oscuro nos parece más interesante que la luz, sino que lo encontramos más creíble.

Muchos han acogido los detalles de la última novela de Harper Lee, Ve y pon un centinela, como noticias desalentadoras una vez que quedó claro que el libro ensombrecía la figura del amado personaje de Atticus Finch.   Este personaje, que para mucho es un adalid de la verdad, la justicia y de la dignidad humana, quizá resulte ser más ficticio de lo que los lectores se imaginaban. Amén del dramatismo, parece ser que los estadounidenses están perdiendo uno de sus iconos. Sam Sacks en su reseña en el Wall Street Journal afirma que «Ve y pon un centinela es un libro desconcertante que refuta de manera sorprendente el idealismo deslumbrante de Matar a un ruiseñor. Este es un relato que derriba ídolos; su tema central es la desilusión».

A pesar de que Harper Lee quizá nos obligue a reconsiderar el carácter de Atticus Finch, nuestro pesar ante posibles transgresiones morales me parece muy alentador y muestra cierto anhelo por una bondad genuina.  Es cierto que la desilusión, desafortunadamente, es un tema demasiado habitual hoy en día; mas, si nos sentimos traicionados por Atticus Finch (o por su autora), ese sentido de decepción debe estar motivado por una convicción de que existen hombres y mujeres cabales, y de que su ejemplo, fuerza y liderazgo son muy necesarios. Más aun, que la bondad no es meramente posible sino un aspecto fundacional de la realidad. En otras palabras, la bondad no es únicamente real sino que existe una bondad que es un estándar diáfano con el cual debemos cotejarlo todo, incluyendo a Atticus Finch y sus defectos.

Cuando un joven acaudalado llega a Jesús con una pregunta acerca de sus bienes inicia su consulta llamándolo «maestro bueno». Jesús responde al joven con su propia pregunta: «¿Por qué me llamas “bueno”? Ninguno es bueno, sino solo uno, Dios». Si consideramos que esta afirmación viene de aquel que también insta a sus seguidores a ser «perfectos, como su Padre […] es perfecto» la respuesta parece ser un tanto peculiar, aunque es a la vez sumamente liberante. Por una parte, no todos tenemos antecedentes delictuosos, mas todos poseemos secretos que, de ser revelados, nos pondría en los zapatos de Atticus Finch. Como C.S. Lewis  ha dicho con tanta perspicacia, en cuestiones de la moral fracasada poseemos «información privilegiada» (1). Ninguno de nosotros permanecerá en un pedestal durante mucho tiempo. Mas la pregunta de Jesucristo al joven acaudalado sigue resonando con tanta esperanza como urgencia. Hay uno que es bueno, cuya misma vida encarna el estándar de nuestro Padre perfecto en la extremadamente consoladora figura de un prójimo. Jesucristo es la persona buena que informa nuestro propio estándar, quien se presenta como un personaje creíble y perfecto que nos convoca a ser transformados por él, a sujetarnos a esa bondad sujetándonos a él.

Los personajes creíbles no solo representan un reto para los poetas y narradores. Si la verosimilitud de la bondad representa un problema, recae entonces sobre cada uno de nosotros ofrecer una exposición convincente de ello. Se podría decir que este es el reto contemporáneo de Atticus Finch para cada uno de nosotros. Si sus flaquezas nos repugnan, deberíamos hacer más que simplemente afligirnos; deberíamos preguntarnos si realmente somos distintos a él; deberíamos quizá cotejar ese sentido de lo bueno con ese estándar hasta dar con su fuente verosímil. El Atticus Finch que honra las páginas de Matar a un ruiseñor no permitiría que fuese de ninguna otra manera.

Cameron McAllister  es miembro del equipo de oradores de Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia.

(1) C.S. Lewis, Mere Christianity (New York: HarperOne, 2015), p. 23.

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