Enfrentando la Realidad del Sufrimiento

Publicado por Naomi Zacharias*, enero 2017.

Recientemente me senté frente a una mujer que quise adoptar como mi abuela. Ella, originaria de Croacia, me habló con acento suave, sabiduría y amabilidad; y mientras conversábamos se puso a observar a mi hijo de 5 años que se encontraba conmigo. En medio de la conversación, la mujer me dijo que él tenía un alto sentido de la injusticia y yo asentí con la cabeza.

Es que mi pequeño ha comenzado el atormentador compromiso con la vida, esa lucha por proteger nuestros ojos de la tristeza y así tener la oportunidad de ver nuestra parte en la historia y a nuestro alrededor; y de participar en las diferentes facetas de su restauración…

               Hace unos años conocí a Annie en un lugar sombrío. Me encontraba nerviosa al caminar por las calles del famoso Distrito Rojo de Ámsterdam; algo muy diferente a cualquier cosa que hubiera visto antes. Alrededor de cuatrocientas ventanas en esas calles empedradas, con una persona detrás de cada ventana. Ahí encuentras mujeres, transexuales y travestis de todas las edades. Organizadas en orden de nacionalidad, éste era un mercado donde el producto a la venta era el cuerpo de otra persona. Yo estaba con el director holandés de Scharlaken Koord, una organización que ofrece ayuda para mujeres que trabajan en la prostitución.

Me di cuenta que ese nerviosismo mío, era reflejo de mi propia inseguridad. A decir verdad, las trabajadoras sexuales representaban para mí algo amenazante… un recordatorio de alguien en quien yo nunca podría convertirme, un deseo con el cual no podría competir, un tipo de traición que no me gustaría conocer.

Pero cuando hablamos con ellas, pude verlas como mujeres. Eran chicas que me gustaría conocer como amigas, y las cosas que teníamos en común superaban nuestras diferencias. Seguramente yo estaría en el mismo lugar detrás de una ventana si hubiera pasado por las mismas cosas que ellas habían pasado. Simplemente eran seres humanos intentando sobrevivir sus propias decisiones y las decisiones tomadas en su lugar, como el resto de nosotros.

Entonces hablé con Annie. Ella nos compartió su historia: un atractivo hombre holandés viajaba frecuentemente y pasaba por el aeropuerto donde ella trabajaba en un país lejano de Asia. Él comenzó a traerle regalos, prestarle atención e interés cada vez que pasaba por el aeropuerto. Rápidamente este hombre le propuso matrimonio. Y la familia de Annie le dijo que sería ridículo que abandonara esa oportunidad, pues llevaría una vida mucho mejor en comparación a la vida que tenía en su hogar. Se casaron y Annie se fue con su nuevo esposo a vivir a Holanda con temor y esperanza. Al llegar, él le confiscó su pasaporte, le explicó que ahora era su dueño y la puso a la venta detrás de una ventana. Ella intentó resistir, pero él simplemente se reía. Sin documentos y sin saber el lenguaje. ¿Adónde iría? Dándose cuenta de que él tenía razón, sucumbió ante golpizas y abusos, para finalmente realizar lo que se le pedía sin queja alguna.

          Cuando Annie se dio cuenta de que estaba embarazada, sintió agradecimiento por llevar una vida dentro de ella. Pero después de que su esposo -repetidas veces- la golpeara intencionalmente en el vientre, Annie sufrió un aborto espontáneo. Después, llegó el día en el que le avisaron que su madre había muerto. Por encima de su capacidad de resistir la injusticia, Annie se deshizo en remordimiento e ira. Y sólo cuando este hombre se cansó de ella y como ya había obtenido lo que quería, le devolvió su pasaporte y la echó.

Annie volvió a su país, a su hogar. Pero cuando le contó a su familia todo lo que le había pasado, lo único que recibió fue rechazo, pues ellos le dijeron que había traído deshonra a la familia. Su seguridad y dignidad le fueron arrebatadas una vez más. Así que volvió a Ámsterdam, a una ventana. “Esto es lo que yo soy,” nos dijo con resignación.

pexels-photo-39844Río Ámstel en Ámsterdan

Mi compañero le preguntó a Annie si había considerado ir a la iglesia, y Annie se rió. “Yo creo en Dios,” nos dijo suavemente. “Yo le oro a Dios todas las noches, cuando intento lavar y quitar este horrible sentimiento de mi ser. Pero díganme algo…si yo entro a una de sus iglesias, ¿me verán como una mujer o como una prostituta?” Mi compañero le respondió honestamente: “algunas personas te verán como una prostituta. Pero esa no es la manera en la que Jesús te ve. Y muchas personas se acercarán a ti.”

Annie movió su cabeza con firmeza. “El problema con las personas en la iglesia es que me dicen que debo dejar la prostitución. Pero nunca quieren dejarme olvidar de dónde vengo,” ella concluyó.

Sus palabras permanecen grabadas en mi mente. Qué fácil es señalar con dedo acusador la vida que no nos tocó vivir. Este no es el mensaje del evangelio que nosotros compartimos y vivimos.

Honestamente, he aprendido que mi deseo sincero de acercarme a una mujer que ha sido explotada y abusada, no es suficiente. El esfuerzo hacia una restauración tiene que estar presente, pero lo que ella más anhela es justicia, una nueva identidad que vaya más allá de lo que la vida le ha dado.

Como creyentes en Cristo, nosotros tenemos algo más – alguien más – que va en contra de la horripilante injusticia. Queremos ofrecer esperanza a la injusticia que vemos a nuestro alrededor. Pero si somos honestos, todos nos hemos enfrentado con el sentido de la injusticia a nivel personal. ¿Creemos que la respuesta es verdadera para nosotros como lo es para Annie? Si una persona como Annie es capaz de leer a las personas de una manera excepcional, es porque lo ha aprendido para poder sobrevivir. Si nosotros le ofrecemos una respuesta que nosotros mismos no hemos aceptado en medio de nuestro quebrantamiento, ella seguramente hallará nuestras respuestas simplistas rotundamente ofensivas a la gran injusticia a la cual ha sido sometida.

Esta es la lección de vida que mi hijo acaba de aprender: Él se enfrentó a la injusticia cuando su amigo fiel lo empujó inesperadamente en contra de otros, y cuando su hermana menor lo provocó a decir ciertas palabras por las que tuvo que pagar después. Pero su sentido de la injusticia ha llegado a nuevos niveles. Mi hijo tenía un hermano menor en camino, y estaba muy entusiasmado. Cuando le di la noticia de que el pequeño corazón del bebé tenía problemas y que parecía que su hermanito podría irse directamente con Jesús, sus ojos se llenaron de lágrimas. “¿Le puedo pedir a Jesús un milagro?”  me preguntó con seriedad.

El oró todos los días por un milagro, con inocencia y confianza le pedía a Jesús que mantuviera al bebé sano, y que le permitiera llegar a casa para estar con toda la familia. Cuando llegó ese terrible momento y los médicos me confirmaron la pérdida del bebé…lloré, lloré de una manera diferente. Porque yo deseaba cargar y conocer a ese pequeño, el cual ahora descansa debajo de un cerezo en el jardín. Pero también lloré por la fe y la esperanza tan dulce de mi hijo. “¿Por qué no respondió Jesús a mi oración?”  me preguntó con gran desilusión y un sentimiento de traición.

Dos discípulos llenos de dolor por la injusticia cometida, se encontraron con Jesús en el camino que llevaba a Emaús, pero en ese momento no lo reconocieron. La escritora Jill Carattini escribió sobre este episodio: “[Jesús] les dijo que el sufrimiento y la muerte del Mesías no debían ser entendidas como una derrota, que trunca el propósito de Dios, sino como un camino necesario que lleva a una nueva vida. Y explícitamente, profundamente, Jesús sugiere que este es el diseño de Dios: de muerte a vida…y de la muerte del mismo Mesías, el Señor nos trae hacia la resurrección -primero la suya-  y después la nuestra.

La tentación de alejarnos de la tristeza que produce la injusticia, nace en nuestro deseo de evitar el dolor. Pero el sentido de la injusticia que nosotros y que muchos experimentamos alrededor del mundo, no cesa de existir, aunque miremos en otra dirección. Nosotros somos llamados a responder a la injusticia y a enfrentarnos a la realidad del sufrimiento. Lo encontraremos en nuestra propia vida, de la misma manera que existe en formas espantosas a nuestro alrededor. Tenemos la oportunidad de lamentar, llorar, ser testigos, encontrar a Cristo de nuestro lado, recordar nuestra necesidad mutua por un Salvador que contrarresta la injusticia en su encarnación de justicia pura, dejándonos redimidos, libres… y en total plenitud.

*“Stepping into the Reality of Suffering” por Naomi Zacharias fue publicado primero en la revista  Lookout Magazine, 8 de enero, 2017.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *