Fiestas y Deseos

En muchos aspectos, nuestra sociedad está motivada por el consumo. Nuestro deseo de tener cosas marca el curso de muchas de nuestras actividades y, sin ese deseo, la economía sin duda colapsaría. Sin embargo, reflexionemos por un momento sobre lo predominante que es en nuestras vidas.

Tenemos festividades dedicadas al  consumo. Cada semana santa y cada navidad tenemos rituales especiales. Los anuncios de ofertas aumentan a nuestro alrededor, las buenas noticias de grandes descuentos se anuncian en televisión y todos están invitados a unirse al culto del consumo. Entonces, ¿a dónde vamos? A los templos del consumo: los centros comerciales y  los grandes almacenes. Estos centros brindan la oportunidad de encontrar lo que buscamos a un precio que podamos pagar, ya que estamos invitados a dejar de esperar por nuestros deseos.

James McNeill Whistler, An Orange Note: Sweet Shop, 1884

En todo momento, el ambiente se adapta para que estemos cómodos. Los anuncios y exhibidores son atractivos e irresistibles y todo es muy divertido. Nos apacigua un fondo de música ambiental y nos estimulan los olores del café recién molido o de postres  recién horneados.

Para ir más lejos, incluso cantamos las canciones de consumo, a medida que memorizamos nuestros comerciales y lemas favoritos. Todavía puedo escuchar las notas musicales de los comerciales de Rice Krispies de mi infancia en Escocia. Hoy en día es probablemente un comercial de cosméticos o de automóviles.

Compramos, vendemos y trabajamos todo el día para poder tener estas cosas que, una vez obtenidas, nos mantienen trabajando aún más para mantener el estilo de vida que hemos alcanzado. Vamos a la escuela para poder conseguir buenos trabajos. Enviamos a nuestros hijos a la escuela para que puedan salir y ganar dinero para tener cosas buenas. Pero alguna vez nos detenemos para preguntar, “¿Por qué?”

Ahora estoy exagerando, me doy cuenta, pero hay algo mas en lo que estoy señalando. Hay una historia en el Antiguo Testamento, la de Jacob y Esaú, que podría aplicarse. Esaú era un hombre del campo, un hombre del mundo. Un día, después de no encontrar satisfacción en su búsqueda de algo para consumir, vendió su primogenitura a su hermano menor por nada más y nada menos, que un tazón de guiso de lentejas. Se suponía que la primogenitura era algo preciado. Representaba la dignidad, la herencia y el liderazgo que llegaría a su beneficiario en el futuro. Pero Esaú no vio ni sentido ni valor en esperar el futuro. Tenía hambre y quería lo que quería ahora. Y así, él regaló lo que debería haber sido lo más importante para él por alimentar su deseo.

“Qué insensatez”, podríamos decir de esta historia. Sin embargo, hacemos lo mismo cuando dedicamos nuestro tiempo a buscar lo que queremos ahora a expensas de lo duradero. Jesús lo dijo simplemente: ¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? La temporada cristiana de Adviento es el tiempo de espera, que llega adecuadamente durante esta temporada de prisas y deseos. Esperar es difícil y, sin embargo, puede ser un regalo esperanzador para un mundo consumido. En medio de nuestros fiestas de distracción e impaciencia, el Adviento es una invitación a acudir al Dios que no se mantuvo distante de nuestra situación, sino que se introdujo en la misma, para darnos lo que más necesitábamos.

Stuart McAllister es Especialista Global de Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia

Traductora voluntaria: Mariela Benites

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