La vida más allá de la tumba: una meditación de Ravi Zacharias acerca de la Pascua

Artículo de Ravi Zacharias

Tenía solo nueve años cuando asistí a mi primer funeral. Era el funeral de mi abuela, tenía más de setenta años cuando falleció. Por primera vez en nuestro hogar experimentamos la amargura de la muerte. No existían en aquel tiempo casas funerarias en la India, el difunto permanecía más o menos durante un día en la estancia de la casa y luego era sepultado. Repentinamente, había en casa un rincón del silencio. Casi inevitablemente todos hablábamos en voz baja. La realidad de la muerte es inconfundible.

Tengo algunos recuerdos borrosos de aquel evento, pero sí recuerdo bien el himno que se cantó en el funeral. Hasta la fecha no puedo explicar este hecho, quizá se debe al poder de la música para  expresar emociones que el habla no atina a describir.

Permanece en mí; el ocaso cae ya presuroso.  La oscuridad se hace más profunda; Señor conmigo permanece. Cuando los acompañantes faltan y las amenidades desaparecen, permanece conmigo, ¡Oh! Ayuda de los Desamparados.

¿Cómo podía yo, a esa edad, procesar todos los sentimientos de aquel verso? A medida que uno envejece, encontramos distintas formas de referirnos a lo mismo, quizá para suavizar la aspereza de las cosas: «falleció», «se nos fue», «pereció», «respiró su último aliento», etc. Aún así, el dolor golpea a quienes se quedan atrás.   Es como si la finalidad de aquella vida perdura en las emociones de otra.

A medida que pasan los años, emergen preguntas acerca de la moralidad de la muerte: ¿por qué ocurrió tan pronto? ¿Por qué ocurrió de esa manera? ¿Por qué ocurrió del todo? ¿Es ese realmente el fin?

La interrogante es aún más compleja cuando la muerte se nos presenta no solo como una tragedia sino como una atrocidad. Hace poco estuve en Newtown, Connecticut, donde se perpetró el salvaje   y despiadado asesinato de veintiséis personas, en su mayoría párvulos. Y se inflige una ambivalencia casi insoportable cuando el asesino se suicida y el silencio mortal niega a todos el motivo o  de encontrar siquiera la justicia. ¿Escapará las consecuencias del dolor que le causó a su prójimo? ¿Es eso?»

La respuesta es afirmativa si el naturalismo y el ateísmo son veraces. Todo es definitivo. No existe recurso alguno. El silencio que nos azota es el eco desgarrador de una existencia sin propósito. La muerte se transforma en el nivelador absoluto, y no existe diferencia entre lo que le espera al final a una persona u otra. Es por eso que Salomón alzó su voz para afirmar que si todos se miden «bajo el sol» (al margen de cualquier influencia ajena a nuestra existencia), entonces «todo carece de sentido».

Aún más mordaz es la creencia de Bertrand Russell que considera que la desesperación inflexible es el fundamento y el material de la vida. A tal extremo llega la falta de sentido de la vida cuando el silencio de la tumba se define «bajo el sol». Trabajamos, jugamos, sufrimos, luchamos, toleramos, debatimos, inventamos, destruimos, y al fin, nosotros mismos expiramos.

Pero con la muerte hay algo más que considerar.  Nicholas Wolterstorff, un filósofo de Yale, escribe en Lament for a Son,

«Una vez que superamos la ausencia con llamadas telefónicas, la falta de alas con aviones, el calor del verano con aire acondicionado, una vez superado todo esto y mucho más, aún quedarán dos cosas que debemos encarar: el mal en nuestros corazones y la muerte».

Ahí está, la ineludibilidad de la muerte y de la moralidad, las realidades gemelas para las cuales solo existe una solución: que hay vida más allá de la tumba. Estas dos preguntas nos aportan un indicio del punto de vista trascendental de la eternidad y contrario al constreñido ojo de la cerradura temporal; apuntan hacia una respuesta que nos llega desde más allá del sol, que solo se encuentra en el Hijo.

La vida existe más allá del túmulo.  Es cierto que hay lágrimas en la tumba. Incluso el Señor de la Vida lloró sobre la tumba de su amigo Lázaro. Él sabía que padeceríamos el dolor de la pérdida, pero gracias a Él no tiene por qué ser una pérdida permanente. Gracias a Él, es solo una pérdida temporal, una pérdida parecida a decir adiós en la estación de tren o en el aeropuerto, una pérdida moderada por la alegría de que, algún día, estaremos de pie en la «sala de llegadas», para recibir a aquel de quien nos despedimos temporalmente. Únicamente en ese paradigma se explica nuestra lucha con la muerte y el mal.

Escribo estas palabras después de dar una plática en la Universidad de Uppsala, en Suecia. Grabado en piedra sobre la entrada de uno de los edificios principales de la universidad se encuentra el lema de la universidad: «Pensar en libertad es beneficioso, pensar correctamente es grandioso». En la víspera de estos foros abiertos en los que participamos, nuestros anfitriones realizaron una encuesta entre los estudiantes preguntando si estaban de acuerdo con el lema de su universidad. El 51% se mostró en desacuerdo y el 31%  dijo que no había considerado el lema. Estos son los futuros políticos, profesores, abogados, médicos y padres. Supongo que aquellos que prefieren el libre pensamiento al pensamiento correcto consideran que esa sería la conclusión correcta. O tal vez que simplemente no tiene importancia, siempre y cuando sea su propio juicio. No debe sorprender que la apatía se convierta en el legado del relativismo y que la razón sea sacrificada en el altar de nuestro ego.

Mas, si existe la vida más allá de la tumba -y habrá un día para el ajuste final de cuentas- toda esta displicente hechicería de palabras quedará expuesta como la arrogancia y mentira que es. Es absolutamente esencial que juzguemos correctamente acerca de la vida y la muerte y comprender el «qué» y el «por qué» de la resurrección de Jesucristo. La vida tiene un punto definitorio. La vida tiene un destino fijo. La muerte y la separación son el destino del pecado; la esperanza y la vida son el destino de una vida que ha aceptado el significado personal de la muerte de Cristo. El Señor de la Vida imparte justicia a aquellos que rechazan su misericordia y da misericordia a aquellos que claman por ella y están dispuestos a aceptar su justicia.

La muerte es un punto y aparte o una coma. En la cosmovisión cristiana, es una coma. Existe para el cristiano tanto el deceso de todas las cosas como la permanencia en la providencia de Cristo. Como dice el autor de himnos,

Raudo a su fin, se desvanece el pequeño día de la vida; las alegrías terrenales se opacan; sus glorias fallecen; veo cambio y decadencia en todo; ¡oh tú que no cambias! permanece conmigo.

Empty tomb with three crosses on a hill side. Autor:kevron2001 Crédito:Getty Images/iStockphoto Copyright:kevron2001

La resurrección es la diferencia. El triunfo de Jesús sobre la muerte capta mi derrota y me acoge a su victoria. El apóstol Pablo llegó a conocer a Cristo en orden inverso a los demás discípulos. Los discípulos, que conocieron a Cristo desde su nacimiento y durante su vida y hasta su muerte y resurrección, tuvieron que esperar el triunfo. Pero Pablo conoció a Cristo desde la perspectiva de su resurrección, desde el momento de su triunfo, y de ahí trazar su vida en retroceso hasta su nacimiento. Y ese viaje regresivo, que también es nuestro viaje, le imparte significado a ese «todo bajo el sol» cuando lo consideramos a partir de la resurrección del Hijo. Por eso Pablo dice: «Anhelo conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar en sus padecimientos, para ser semejante a él en su muerte» (Filipenses 3,10).

Soren Kierkegaard tenía razón cuando dijo que tenemos que definir la vida al revés y luego vivirla hacia adelante. Es la llegada la que define el motivo de la partida. Es el juicio acertado acerca de la vida lo que le aporta su mapa a la libertad. Es la resurrección lo que le da santidad al Viernes Santo. No es la desesperación inquebrantable de Bertrand Russell sino la encantadora esperanza del triunfo de Cristo sobre la muerte lo que hace que este camino sea lo que es. Este es el mensaje de la Pascua.

La justicia y la gracia son las dos luces más deslumbrantes en este mundo oscuro, y sólo Jesucristo, con su muerte y resurrección, los sostiene con finalidad y continuidad. ¡Qué hermosa verdad! Que la gracia de Dios habite abundantemente en sus corazones.

 

¡Felices Pascuas a todos!

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