La Mala Reputación

*Por Jill Carattini

Mientras que muchas industrias confiesan sufrir durante épocas de contracción económica, la industria de la gestión de la identidad en cambio -un ramo emergente resultado de la era del Internet- parece atraer clientela cualquiera que sea el caso.  Una de estas empresas declara, al definir su misión, que su punto de partida fue comprender que «el margen que divide la vida “en línea” de las personas y su vida personal y profesional fuera de esta se está erosionando con celeridad»(1). A la vez, la noción de anonimidad, y de usuarios desprendiéndose de sus inhibiciones en línea arrullados por la seguridad aparente de una red social, forjan reputaciones en el ámbito público. Es que,  como muchos han descubierto, esto puede volver a atormentarlos, mucho después de que las imágenes publicadas sean recuerdos lejanos .

En una encuesta del 2006, uno de cada diez gerentes a cargo de contratación laboral rechazó candidatos debido a que descubrieron algo acerca de ellos en Internet. Como resultado de la creciente popularidad de los medios sociales, sitios de vídeos personales y blogs, esa proporción alcanza  ya nueve de cada diez. Es así que surge la necesidad de gestores de la identidad que se dedican a rastrear el Internet, con la reputación de su cliente en mente, depurando los sitios web de cualquier material o imagen inconveniente. Estos gestores proliferan casi con tanta rapidez como la presencia de un adolescente en los medios sociales.

 La Desamparada – Sandro Botticelli

 

Al considerar el auge del negocio de la reputación me pregunto qué harían los gerentes de la identidad para intentar lidiar con la reputación social de Jesús. Entre gobernantes, dirigentes y militares, su reputación como pesadilla política y agitador era ampliamente conocida. Para los líderes religiosos su reputación estaba firmemente fundada en el escándalo e indignación causada por sus atribuciones mesiánicas. Más allá de esta reputación, las quejas más comunes de su libertinaje personal se centran en las compañías que frecuentaba, los Sabbat quebrantados y su regocijo en beber y comer. En dos Evangelios distintos Jesús comenta acerca de su reputación como glotón: «Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe, y dicen: “¡He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores!”»(2). De hecho, si eliminamos toda referencia a sus comidas, o a sus conversaciones con los peores elementos de esa sociedad, o a las parábolas que incorporan a estos intocables, nos quedaría bien poco de Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Según los libros de etiqueta y normas sociales aceptables, tanto de la primera centuria como de la vigésima primera, la reputación de Jesús deja mucho que desear.

Irónicamente, la reputación de aquellos que Jesús dejó atrás a menudo no se parece en nada a su verdadera reputación. En 1949 Dorothy Sayers describe, con humor y aflicción a la vez, ese contraste: «Durante diecinueve centurias y media las iglesias cristianas han trabajado, no sin cierto éxito, para eliminar aquella impresión desafortunada que dejó su Señor y Maestro. Han echado a las Magdalenas de las mesas de comunión, han fundado sociedades de abstinencia total en nombre de aquel que transformó el agua en vino y han agregado mejoras de su propio cuño, tales como prohibiciones y anatemas acerca de bailar o asistir a teatros […] y, considerando que al mandamiento original de “no trabajarás” le falta entusiasmo, han agregado el nuevo mandamiento de “no jugaras”»(3).  La impresión que los cristianos le dan al mundo es la de un cristianismo que incluye una comprensión curiosamente restringida de conceptos como «virtud», «moralidad», «fidelidad» y «bondad». Sin embargo, esta reputación se parece más bien a aquella religión respetuosa de las leyes de la cual Jesús no tuvo nada bueno que decir. «¡Ay de ustedes,[…]!  Porque cierran el reino de los cielos delante de los hombres»(4).

Cuando el Apóstol Pablo describe la vida que florecerá en aquellos que sigan a Jesús, no está otorgándole a la Iglesia una lista de verificación, o normas como las leyes religiosas de las cuales él mismo fue redimido. Está describiendo la clase de reputación que emerge precisamente cuando seguimos a ese amigo de recolectores de impuestos, de pecadores, del bebedor, del que quebranta el Sabbat, hombre indirecto e Hijo de Dios: «Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio»(5). Esto no es una simple «amabilidad» insensible, o mera obligación social irreflexiva para mantener el status quo. Jesús amaba de manera extrema y puntual a las personas desoladas, a los descartados en su entorno. Era paciente, amable, alegre y pacífico al grado de causar que el mundo se sintiese absolutamente incómodo. Fue, así mismo, un radical cabal, de una intensidad tan abundante y desconcertante que provocaba también incomodidad total entre los líderes religiosos y aquellos en el poder. Sus cualidades disruptivas —su bondad y fidelidad— no eran distintivos que aparentemente hacen permisible excluir a los demás por su falta de virtud. La profundidad de su amor por el Padre no lo llevó a condenar al mundo a su alrededor, o a aislarse de él a disgusto con su inmoralidad, más bien lo hizo caminar con pleno dominio propio hacia su muerte por el bien de todos.

Sin duda existen sitios en el mundo donde la reputación de la Iglesia se alinea con la de su fundador y cuya presencia es una ofrenda disruptiva y contra cultural para la humanidad. Los profetas y gestores de la identidad de la Iglesia de nuestros días rezan por esto y por que esto continúe. Mientras tanto, en un mundo que intenta desentrañar dudas acerca de la reputación, tales como «¿socialmente, qué significa tener una buena reputación?», «¿cuál es la mejor manera de elevar mi perfil?», o «¿estoy a gusto con mi identidad en Google?», quizá sería mejor preguntarnos, «¿quién fue este Cristo humano y cuál es la mejor manera de seguirlo?».

 

*Jill Carattini es editora en jefe de A Slice of Infinity en Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia.

 

Traductor Voluntario: Enrique Trevino

(1) De el sitio web ReputationDefender.com/company accedido el 15 de enero, 2009.
(2) Lucas 7,34, Mateo 11,19.
(3) Dorothy Sayers, «Christian morality» en The Whimsical Christian (New York: Macmillan, 1987), 151-152.
(4) Mateo 23,13.
(5) «Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio» (Gálatas 5,22-23).

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