Fragmento de “Siete Mitos Acerca de la Soltería” de Sam Allberry Parte 2

Fragmento de  «7 Myths About Singleness» [siete mitos acerca de la soltería], que comprende el primer capítulo del libro en el cual se aborda la primera idea equívoca acerca de la soltería: que es demasiado ardua. Parte 2

Por Sam Allberry*

 Los beneficios de la soltería

Esto quizá nos ayude a clarificar términos, pero aun no hemos respondido a nuestra preocupación central, ¿es la soltería bíblica demasiado ardua? Retomemos una vez más el intercambio de Jesús con sus discípulos después de su enseñanza sobre el matrimonio y el divorcio: «Le dijeron sus discípulos: Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse». Y él les responde, «No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado. Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos» (Mt 19,12).

Nótese nuevamente la premisa de los discípulos: el matrimonio parece ser muy duro. Jesús no los contradice, el matrimonio (como él lo presenta) no es fácil, sino duro. No es el mejor camino para cualquiera. A esto se debe que algunos eligen vivir como eunucos. Nuestro punto de partida en la actualidad es, a menudo, lo contrario. El celibato es demasiado arduo, lo que deberíamos hacer es hacer que el matrimonio sea más accesible, incluso redefiniéndolo para que más personas puedan valerse de él. Pero el criterio de Jesús parece ir en dirección opuesta. El matrimonio puede ser demasiado difícil para algunos, por lo tanto recomienda el celibato.

También hay que recordar que Jesús se hizo un eunuco por el bien del reino. Jesús voluntariamente se hizo totalmente humano por nosotros, se convirtió voluntariamente en un varón, fue un ser humano sexual, igual que todos nosotros. Su estilo de vida fue, sin embargo, el celibato; jamás contrajo matrimonio,  ni siquiera sostuvo una relación romántica, nunca hizo el amor. Jesús no estaba llamando a otros a un estándar que no estaba dispuesto a adoptar él mismo. No estaba llamando a los solteros a la abstinencia sexual sin conocerla él mismo. Vivió esa misma enseñanza.

Pero eso no es todo, Jesús no es nada más ejemplo de un maestro carente de hipocresía, es así mismo ejemplo del hombre perfecto. Él es la humanidad que todos estamos llamados a ser, y que ninguno de nosotros somos. Es la persona más completa y completamente humana que jamás haya existido. Por lo tanto, no estar casado no es algo fortuito. Nos muestra que ninguna de estas cosas (el matrimonio, la plenitud romántica, la experiencia sexual) es intrínseca al ser humano completo. El momento en que aseveramos lo contrario, en el momento en que declaramos que una vida de celibato es deshumanizante, estamos afirmando que Jesús mismo es menos que un hombre.

Me di cuenta de la importancia de este concepto solo hace poco cuando un pastor compartía conmigo su reticencia a llamar a  miembros de su iglesia atraídos a personas de su mismo sexo a la ética sexual que acabo de describir. Resumió con estas palabras su desasosiego: «¿Cómo puedo buscar que vivan sin esperanza romántica?». Le agradezco su pesar por ellos. Muchos pastores casados son un tanto indiferentes ante lo que solicitan de algunos miembros solteros de sus iglesias. Él, al menos, estaba consciente del sacrificio que significaba para ellos, y eso le importaba. Había, sin embargo, una premisa que justificaba su inquietud que me causaba recelo. La suposición es que no es posible verdaderamente vivir sin una esperanza romántica, que es injusto exigir, e insoportable experimentar, una vida sin alguna posibilidad de plenitud romántica. La premisa es que la realización romántica es fundamental para una vida plena y completa.

Poco tiempo después, predicando de 1 Juan me encontré enseñando un fragmento que incluye lo siguiente:

«En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios;  Y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo» (1Jn 4,2–3).

Después del sermón, hubo oportunidad para que la congregación hiciese preguntas y alguien preguntó si, de hecho, existen hoy individuos que niegan que Cristo llegó a nosotros en carne humana. ¿No fue esa solo una herejía de la primera centuria que la Iglesia primitiva pronto pudo descartar? Consideraba por un instante cómo responder cuando, repentinamente, recordé aquella conversación con el pastor. Caí en cuenta de que esa forma de pensar que juzga que una vida sin satisfacción sexual no constituye realmente una manera auténtica de vivir, lo que en realidad afirma es que Jesús no vino completamente en la carne, que la suya no fue una vida humana plena. Afirmar que es deshumanizante ser célibe es deshumanizar a Cristo, es negar que vivió plenamente en la carne y que su humanidad fue «real».

En alguna ocasión, cuando he abordado este tema, se ha cuestionado si Jesús realmente fue célibe. Los Evangelios no indican explícitamente que Jesús no tuvo relaciones sexuales, por lo tanto es pedir demasiado, prohibir que otros se abstengan de ello en base a las Escrituras. He escuchado incluso a miembros del liderazgo de la iglesia, en mi propia denominación, afirmar esto mismo.

Es un enfoque un tanto insólito declarar que cualquier cosa que no se nos diga que Jesús no hizo es moralmente justificable. No encontramos en los Evangelios ningún informe de que Jesús, por ejemplo, le dio un puñetazo en la cara a un caballo. Pero el hecho de que los Evangelios no nos informen de ello no me hace pensar que puedo justificar hacerlo yo mismo. Si alguien respondiese a este ejemplo (ridículo, sinceramente) diciendo que tal comportamiento no concuerda con el Jesús de los Evangelios, yo contestaría que ese es precisamente el punto. No encaja. Es absurdo creer que Jesús se comportaba de esa manera, y lo mismo se puede decir de la idea de que podría haber tenido relaciones sexuales. Después de todo, este es quien (como ya hemos visto) presentó a sus contemporáneos un nivel de ética sexual mucho más elevado de lo que habitualmente se enseñaba. ¿Debemos entonces creer que Jesús enseñó, de forma explícita y repetidas veces, una cosa mientras practicaba lo contrario? Independientemente de esto, contamos con el recordatorio constante a través de todo el Nuevo Testamento (y que se refleja puntualmente en el texto de los Evangelios) de que Jesús vivió sin pecado alguno.

Hasta aquí, lo que realmente hemos hecho se limita a notar qué tan elevado es el estándar de ética sexual de Jesús y cómo sus enseñanzas acerca del matrimonio lo hacen mucho más difícil de lo que normalmente se cree. Un asunto poco alentador. Sin embargo, el mensaje de la Biblia acerca de la soltería es mucho más que esto. Pablo nos muestra formas en las que la soltería puede ser positiva. Hay varias maneras en las que la soltería puede ser más fácil que el matrimonio y lo plantea en dos sentidos complementarios: hay ciertas dificultades de las que nos libramos con la soltería y ciertas circunstancias en las que somos más libres debido a ella.

Veamos de que quedamos a salvo. En una carta a los corintios, Pablo muestra cómo los cristianos están en libertad tanto para casarse como para permanecer solteros. Sin embargo, él es soltero y desea recomendarles la soltería (1Cr 7,7), aunque no encuentra nada perjudicial en que las personas solteras que pueden casarse se casen:

«Mas también si te casas, no pecas; y si la doncella se casa, no peca;  pero los tales tendrán aflicción de la carne, y yo os la quisiera evitar» (1Cr 7,28).

Pablo asume que la vida matrimonial incluirá cierta «aflicción de la carne», pero esto de ninguna manera constituye una crítica del matrimonio. En otro sitio, Pablo describe el matrimonio en términos sublimes y muestra como este refleja el enlace espiritual de la Iglesia con Jesús (Ef 5,31). No se trata de que Pablo esté en contra del matrimonio, simplemente es realista. La naturaleza de la existencia en este mundo es que el matrimonio no será fácil; habrá angustia como resultado de esta unión.

El Apóstol Pablo (quien practicó el celibato todo su ministerio), Techo de mosaico, Capilla Arzobispal de San Andrés (oratorio), Ravenna – Italia, c. 500 D.C.

Es importante, para todos, saber esto. Desde la más temprana edad, se nos ha inculcado la idea de que el período que sigue a las nupcias se puede resumir con un «felices y comiendo perdices». Sin embargo, sabemos lo suficiente como para darnos cuenta de que la vida no es tan simple; el hecho es que como adultos se nos expone a interminables relatos en los cuales la boda es el final y el clímax, la resolución de la tensión, es meta y destino. Una vez que la pareja queda finalmente unida, la historia concluye. Bueno, si no exclusivamente «felices y comiendo perdices», cuando menos mayoritariamente «felices y comiendo perdices».

He sido pastor durante aproximadamente quince años, y amigo íntimo de varias parejas durante mucho más tiempo. He visto de cerca varios matrimonios y acompañado a amigos casados a través de algunas de las dificultades que forman parte de la vida matrimonial. Es bueno tener amistades francas y honestas con quien compartir los altibajos.

Hay ciertas «aflicciones de la carne» causada por el matrimonio en sí. Una de las primeras parejas en cuya boda me correspondió oficiar ya se ha divorciado. Conozco varios matrimonios que están pasando por momentos muy serios. Un amigo fue bastante sincero conmigo recientemente compartiendo que él y su esposa tienen una aversión mutua.

Conozco parejas para quienes la vida matrimonial resultó ser diametralmente opuesta a lo que esperaban. Una mujer con un esposo incapacitado a largo plazo me dijo un día, «¡Esto no es para lo que yo me apunte!» (Pues si que lo es, pensé yo, pero no se lo dije). Conozco a una pareja en la que el esposo tiene una condición que ha debilitado dramáticamente sus brazos al grado de que ya no puede abotonarse por sí solo la camisa, mucho menos levantar a sus  hijos, y muy lejos de cómo había imaginado que sería su papel como marido. Sé de una cristiana que se casó con una persona que no lo es, y aunque ella juzgó que esto no tendría importancia, ha resultado ser sumamente importante. Conozco otro caso en el que una mujer se casó con un individuo que aparentaba ser un creyente tenaz, pero que ha demostrado no serlo del todo.

Otras «aflicciones de la carne» están relacionadas a los hijos. He visto a amigos devastados por la noticia de que no podrán tener hijos. Repentinamente, se derrumbaron todas las expectativas que tenían acerca de su vida en familia. Aunque han recibido la bendición de poder adoptar varias veces y consideran a estos hijos como miembros de la familia, saben que los abuelos nunca podrán decir que sus nietos, «¡Definitivamente tiene tus ojos!», o que «¡Tiene la nariz de la familia!»

Más de una pareja muy cerca a mi ha tenido hijos que nacieron con necesidades especiales y han sufrido la profunda angustia de no saber siquiera si estos pequeños sobrevivirían sus primeros días en el mundo. Otras parejas que conozco han experimentado la angustia de ver a un hijo caer en pecado grave o alejarse por completo de la fe.  Una familia que aprecio mucho perdió a una hija de cáncer y otra por suicidio.

Podría citar aún más, pero el significado de todo esto es que la vida matrimonial tiene altibajos y que, como persona soltera, jamás experimentaré estas penas directamente. Y esto no debe tomarse a la ligera. Es cierto que experimentaré en cierta medida estas penas al intentar acompañar de cerca a mis amistades durante esos momentos, pero no es lo mismo que tener que encarar directamente estas dificultades.

No se trata de disuadir a nadie del matrimonio, o sugerir que consiste simplemente de una letanía de preocupaciones. Es un don de Dios y no debemos despreciarlo. Pablo describe a quienes prohíben el matrimonio como maestros de «doctrinas de demonios» (1 Tm 4,1–3). El matrimonio es intrínsecamente bueno, pero como todas las cosas buenas en un mundo caído, está empañado por el pecado y no está exento de problemas.

Lo cierto es que tanto en la soltería como en el matrimonio existen altibajos particulares. La tendencia entre los solteros es comparar las desventajas de la soltería con los beneficios del matrimonio, y la tendencia de algunas personas casadas es comparar las desventajas del matrimonio con los beneficios de la soltería, pero ambas tendencias son igualmente peligrosas. El jardín del vecino a menudo parecerá ser más verde. Cualquiera que sea el don que recibimos —matrimonio o soltería— el que no recibimos nos puede parecer mucho más atractivo. El propósito de Pablo es mostrar a los solteros que existen ciertas desventajas peculiares al matrimonio, ciertas «aflicciones de la carne», de las que quedamos a salvo en virtud de nuestra soltería. El supuesto colectivo de que el matrimonio es mejor o más fácil, simplemente no es válido. Al considerar lo que he presenciado en la última década prefiero, sin reserva alguna, la bajamar de la soltería por sobre la bajamar del matrimonio. Me parece que vivir en un matrimonio fallido debe ser mucho más difícil que ser un soltero triste.

Pero además de la ausencia de ciertos problemas, Pablo también escribe acerca de la presencia de ciertas oportunidades. La soltería no se trata solo de lo que nos ahorramos, sino de lo que se nos ha dado.

«Quisiera, pues, que estuvieseis sin congoja.  El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor;   pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer.   Hay asimismo diferencia entre la casada y la doncella. La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en espíritu;  pero la casada tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.  Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os acerquéis al Señor» (1Cr 7, 32–35).

Si no tenemos cuidado, es fácil malinterpretar este fragmento. Pablo no está diciendo que hay espiritualidad en la soltería y que en el matrimonio no la hay. Tampoco afirma que la soltería es fácil y que el matrimonio es difícil. No, el contraste se encuentra entre la complejidad y simplicidad. La vida matrimonial es más complicada y la soltería es más sencilla.

Pablo nos hace recordar un aspecto del matrimonio: marido y mujer «tiene cuidado de las cosas del mundo», pero Pablo no dice esto en sentido peyorativo. No está diciendo que están enfocados en cosas impías, lo que está diciendo es que entre los desposados gran parte de su atención radica en las cosas de este mundo. Y así es como debe ser. El esposo y la esposa tienen un deber mutuo y para con los hijos, deben considerar cómo amarse y alentarse uno al otro. Deben estar al tanto de las necesidades espirituales, emocionales y físicas mutuas además de las de los hijos que puedan haber procreado. El interés del hombre o la mujer casada está dividido a causa de esto, la vida puede fácilmente transformarse en un torbellino de necesidades apremiantes, urgentes y en competencia. La pareja casada, por necesidad, está absorta en las cosas de este mundo, vivir y actuar de otra manera sería desatender sus responsabilidades.

Para la persona soltera existe mayor libertad, el enfoque es menos fraccionado, la vida es menos complicada y podemos entregarnos en formas que las personas casadas no lo pueden hacer. Sin duda, Pablo está considerando algunas de las formas en las que ha experimentado esta libertad en su propia vida y ministerio. Ha podido viajar extensamente, vivir largas temporadas en distintos sitios, incluso ha arriesgando su vida por la causa del evangelio. De estar casado nada de esto hubiera sido posible.

Pablo no está diciendo que las personas casadas tienen obligaciones y las personas solteras no, lo que dice es que esas preocupaciones son necesariamente diferentes. El propósito de la vida soltera no es evitar tener responsabilidades. Contamos con amistades y familiares a quienes debemos honrar. Vaughan Roberts escribe de los solteros que «se tira de nosotros en menos direcciones que aquellos que están casados y, por lo tanto, contamos con más libertad que dedicar a “las cosas del Señor”». Nuestras vidas como solteros son generalmente menos complicadas que las de nuestros amigos casados. Conversaba recientemente con un amigo casado acerca de un viaje que estaba por venir y  que requería muchos vuelos largos. Él, de inmediato, hizo un gesto solo de pensarlo y quedé desconcertado.

—¿No detestas volar? —me preguntó.

—No, me encanta, logro hacer mucho trabajo. Son muchas horas sin interrupción. Algunos de mis mejores periodos de estudio y reflexión ocurren en aviones.

—Claro, siempre lo olvido, tu no viajas con hijos.

A pesar de que este es un ejemplo insignificante, me hizo reparar en que incluso en los pequeños detalles de la vida él y yo vemos las cosas desde perspectivas muy diferentes. Viajar, para mí (especialmente en vuelos largos), representa una oportunidad de lograr hacer muchas cosas. Para él representa encontrar formas de entretener a un coro de pequeños repletos de energía durante horas. Si trasladamos esto a cualquier aspecto de la vida diaria es bastante claro que para mí la vida es mucho menos complicada.

La soltería, por supuesto, conlleva riesgos. Pablo asume que el soltero «tiene cuidado de las cosas del Señor», más esta es una batalla constante para muchos de nosotros. Es fácil canalizar la flexibilidad y la energía a complacernos a nosotros mismos en vez de a Dios; una tentación notable entre muchos solteros -especialmente si vivimos solos- es volvernos hacia el egocentrismo.  Fácilmente puedo preocuparme por «las cosas mías», es fácil hacer lo que quiero, cómo quiero y cuando quiero. No tengo una «media naranja» alrededor de quien necesito adaptarme. Si deseo salir, salgo; si deseo dedicar tiempo para mí mismo, lo puedo hacer. Para los solteros es mucho más fácil comer cuando lo deseamos y dormir cuando lo deseamos;  necesitamos recordarnos a diario que nuestra soltería no es para nosotros sino para el Señor, no existe para nuestros propósitos, sino por los suyos.

Todo esto me embarga la mente cuando llego de visita. Como ya mencioné, tiendo a viajar mucho últimamente y, cuando puedo, procuro quedarme con amigos en lugar de en hoteles. Lo prefiero no solo para sentirme acompañado, pero también porque me da acceso a un grupo de personas a las que debo adaptarme. Posiblemente sea necesario estar en casa a una hora determinada para participar en las comidas familiares, puedo ayudarles con los quehaceres. No puedo simplemente asumir el control de la sala y ver televisión a toda hora si acaso me siento agotado o antisocial. Aunque solo sea durante un par de días, vivir en compañía —en su mejor sentido— es inconveniente.

Nada de esto significa que la soltería sea fácil o que sea necesariamente más fácil que el matrimonio, es simplemente decir que nos equivocamos al asumir que la soltería es demasiado ardua. Creer lo contrario facilita pasar por alto los diversos aspectos en los que el matrimonio puede ser muy difícil. No es por nada que los discípulos afirman que «no conviene casarse», y que existen ciertas «aflicciones de la carne» que surgen de la vida matrimonial. No debemos pasar por alto las diferentes formas en las que la soltería nos libera para la devoción íntegra a Jesús. Es fácil pensar que la soltería es una carga, una traba que limita la vida real, mas Pablo afirma lo contrario:

«Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os acerquéis al Señor» (1Cr 7,35).

Pablo no desea limitarnos, literalmente «no para tenderos lazo»; aunque asumimos, sin reparo alguno, que eso es precisamente lo que está haciendo. La soltería, para él, no se trata primordialmente de lo que no podemos hacer (con excepción de las «aflicciones de la carne» que acarrea la vida matrimonial) sino de lo que quedamos libres de hacer. Nos recomienda la soltería porque desea «lo honesto y decente», la ventaja que aporta una forma de vida más ordenada y menos compleja, que a su vez nos permite servir al Señor incondicionalmente.

 

Traductor Voluntario: Enrique Treviño III

*Sam Allberry es pastor y escritor residente en Maidenhead, Reino Unido, y conferencista internacional para RZIM. Es editor y escritor en The Gospel Coalition (Coalición por el Evangelio) y autor de varios libros entre ellos: Why Bother With Church?James For You, y el bestseller Is God Anti-Gay?

 

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