Solidaridad

Por Margaret Manning Schull*

En 1943, doscientas treinta mujeres fueron arrestadas por ser miembros de la Resistencia francesa y enviadas a Birkenau. Únicamente cuarenta y nueve sobrevivieron, esto en sí es notable. Este era un grupo de mujeres tan diverso como se podría imaginar. Había judías y cristianas, aristócratas y de clase trabajadora, jóvenes y ancianas. Sin embargo, estaban unidas por su compromiso con la Resistencia francesa y con sus demás compañeras (1). En su libro A Train in Winter, Caroline Moorhead reconstruye la historia de estas mujeres a través de diarios y memorias de las sobrevivientes. Tras observar que la dependencia mutua fue decisiva para la supervivencia, Moorhead destaca cómo fue la solidaridad de estas mujeres una con la otra, tanto como con la supervivencia mutua, lo que las sostuvo a través de horrores y torturas indescriptibles.

En muchos relatos de sobrevivientes del Holocausto, las condiciones infernales de privación extrema y la tortura llevaron a muchos a acaparar para sí mismos los escasos recursos que podían ahorrar.  ¿Cómo culparlos por ello? La supervivencia se convirtió en el único objetivo, sin importar el costo, incluso para los demás. No obstante, en la mayoría de los casos entre estas mujeres francesas en Birkenau, la solidaridad mutua rebasó al egoísmo que devoró a tantos otros. Moorhead escribe que, «Conscientes de que el destino de cada una dependía de las demás,… el egoísmo parecía desvanecerse y, despojadas de todo hasta al límite de la supervivencia, cada una elevó su comportamiento a niveles que pocas se hubieran creído capaces de alcanzar» (2). Moorhead refiere que cuando la sed incesante amenazaba con abismar a una de sus compañeras en la locura total, las mujeres reunieron sus raciones hasta conseguirle un cubo lleno de agua.

Raras veces se ve altruismo de esta magnitud. Poner en primer plano las necesidades propias es tan natural e inconsciente como respirar. Sin embargo, la adversidad a veces hace brotar lo mejor y más bello en los seres humanos.

En el antiguo relato bíblico de Rut, tres mujeres quedan viudas, y una de ellas, Noemí, ha perdido también a sus hijos. Privadas de todo apoyo económico y financiero, las mujeres permanecen juntas por instinto, a pesar de que Noemí insiste en que sus nueras regresen a Moab, su tierra natal, donde la posibilidad de encontrar marido sería más probable. Y sin embargo las mujeres, insisten en permanecer. «Ciertamente nosotras volveremos contigo a tu pueblo».

 

         Marc Chagall, Noemí y sus nueras, 1960

El hombre moderno ha perdido el significado de esta solidaridad. Al quedarse con Noemí, las mujeres descartaban cualquier posibilidad de seguridad. En el Oriente Medio antiguo, los maridos e hijos aseguraban el bienestar total de la mujer. Sin un esposo o heredero varón, la mujer debía valerse por sí misma, a menudo se veían obligadas a ejercer la prostitución para ganarse la vida. No solo dependerían una de la otra, sino que como extranjeras quedarían a merced de otra tierra y de otro pueblo.

Noemí comprendía los riesgos al lamentarse: «Vuélvanse, hijas mías,  vayan; porque yo ya soy demasiado vieja para tener marido.  Aunque dijera que tengo esperanza, y si esta noche yo tuviera marido y aun diera a luz hijos, ¿esperarían ustedes hasta que crecieran?  ¿Han de quedarse sin casar por causa de ellos?  No, hijas mías, mi amargura es mayor que la de ustedes, porque la mano del Señor se ha levantado contra mí». Una nuera, Orfa, finalmente cede, y después de llorar con Rut y Noemí, regresa a Moab, su tierra natal. Pero Rut no partirá. «No me ruegues que te deje y que me aparte de ti; porque a dondequiera que tú vayas, yo iré; y dondequiera que tú vivas, yo viviré.  Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios» (3). Rut echó su suerte con Noemí, su bienestar sería el bienestar de Rut, sin importar el precio.

La ley hebrea antigua requería el cuidado de viudas y huérfanos por parte de la comunidad en general como muestra de solidaridad con los miembros más débiles y vulnerables y para apoyar a los miembros más desvalidos y necesitados, de la misma forma que las mujeres de Birkenau acopiaron sus raciones de agua por el bien de quien más lo necesitaba. Rut, como moabita, no estaba sujeta a tal ley y sin embargo, su lealtad a Noemí seguía inmutable. Su adversidad compartida, su viudez compartida, ligaba su destino y el resultado fue algo hermoso.

Rut jamás pudo ver cómo este excepcional acto de solidaridad salvaría, no solo a Noemí, sino al pueblo de Israel ya que se convertiría en la bisabuela del rey David. De hecho, de David surgiría uno que también demostraría solidaridad con la humanidad. Tan enorme fue este otro acto de sacrificio altruista «que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres». Y se «humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!»(4).

Las mujeres de la Resistencia francesa aportan un modelo contemporáneo de lo que Rut demostró en la antigüedad, una solidaridad altruista mutua que asegura la supervivencia. Los cristianos de todo el mundo buscan al Jesús que sufre durante el tiempo litúrgico de la Cuaresma, y otros lo buscan y se maravillan ante este asombroso misterio: el Dios proclamado en la vida de Jesús eligió echar su suerte con la humanidad y se convirtió en uno de nosotros. Caminó entre los seres humanos, incluyendo a los mas insignificantes de entre estos, y eligió compartir el horror de la muerte humana. Incluso después de la victoria de su resurrección, todavía mostraba en su cuerpo las llagas de su sufrimiento terrenal. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su único hijo. Esto es solidaridad de por vida.

*Margaret Manning Shull es miembro del equipo de redacción y oratoria de Ravi Zacharias International Ministries en Bellingham, Washington.

Traductor Voluntario: Enrique Treviño

(1) Caroline Weber, Sisters Unto Death New York Times Book Review, 13 de noviembre de 2011, reseña de A Train in Winter  por Caroline Moorehead.
(2) Ibid.
(3) Rut 1,6-22.
(4) Filipenses 2, 5-8

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