Vasijas de Barro

Por Margaret Manning Shull*

A menudo se me pregunta en conversaciones con personas fuera de la fe cristiana por qué soy cristiana. A veces, antes de terminar con la explicación, me descargan una letanía de acusaciones asociadas con el cristianismo como evidencia en contra de la fe: los derramamientos de sangre y las guerras religiosas, la Inquisición, el antisemitismo, etc. En realidad no me molesta este tipo de críticas o preguntas. Son importantes, y sería una tontería de mi parte fingir que la historia de la cristiandad en este mundo es impecable. Mucho se ha perpetrado en nombre de Jesús por aquellos que dicen ser cristianos, y por esto hay vergüenza colectiva.

En ciertas ocasiones mi sincero reconocimiento de faltas históricas no es suficiente para mis escépticos compañeros. Acto seguido, escudriñan la Biblia. ¿Quién la escribió? ¿Es fiable? ¿Cómo saber si es la palabra de Dios? En cuanto a la Biblia, también comprendo por qué se plantean este tipo de preguntas. Hay ciertos pasajes un tanto difíciles, eventos en contextos culturalmente específicos que pueden, en el mejor de los casos, complicar la labor de interpretación y comprensión en la época contemporánea, mucho más para aquellos que no están familiarizados con el texto. Sería falso, también, si aquellos que estudian la Biblia fingieran comprender perfecta o completamente todo cuanto se encuentra en sus páginas.

Sin embargo, una de las cosas que no es difícil de observar o comprender es toda esa humanidad en exhibición a lo largo de la narrativa bíblica. Incluso los personajes bíblicos más «heroicos» o «épicos» se nos presentan con sus defectos y debilidades tanto como con sus puntos fuertes. Por ejemplo, Moisés, el gran emancipador de Israel, es llamado ya bastante entrado en años y después de su exilio de la vida palaciega en Egipto. Lo encontramos pastando ovejas en medio del desierto. Según él mismo, no es un buen orador, probablemente padece de algún impedimento en el habla, y lidia con un temperamento volátil. Dio muerte a un egipcio y golpeó una roca con tanta fuerza y violencia que no se le permitió entrar en la Tierra Prometida. El rey David, aquel gran rey de Israel, fue en realidad el hijo menor de su familia cuando es ungido como monarca. No obstante que su tarea diaria era cuidar de los rebaños, y a pesar de que, normalmente, el primogénito es el heredero legítimo de la hacienda y del liderazgo. Perpetró un asesinato y un adulterio, llevó a cabo un censo desobedeciendo la prohibición específica de Dios, y sin embargo se le describe como un «hombre conforme al corazón de Dios».

David probablemente escribió la mayor parte del salterio hebreo, un salterio que todavía se utiliza en la alabanza judía y cristiana en la actualidad. En el salterio se exhibe toda la gama de emociones, experiencias e interrogantes de la raza humana. Estos son los salmos de la alabanza sagrada, incluso cuando son los lamentos que surgen de lo más profundos del corazón humano.

Tenemos también a los doce discípulos; pescadores humildes, sin mucha educación que vivieron y aprendieron del mismo Jesús. A pesar de su convivencia con Jesús durante tres años, uno lo traicionaría, otro niega haberlo conocido, y todos huyen en su momento de más necesidad. A pesar de tener acceso a este gran maestro, a menudo no entendían sus enseñanzas. El apóstol Pablo, que escribió la mayor parte del epistolario del Nuevo Testamento, había sido un asesino de cristianos y un legalista entre los legalistas. Aunque fue el más célebre entre los apóstoles del movimiento cristiano primitivo, Pablo no pudo evitar un desacuerdo acerca de Juan Marcos que lo separó de Bernabé, su compañero de trabajo.

Al lidiar con aquellos que dudan, puede surgir la tentación de pasar por alto toda esa humanidad en la Biblia. Quizá causa vergüenza o hay temor de que el cristianismo de alguna forma no «funciona» para transformar vidas. Yo no lo considero así. De hecho, una y otra vez, cuando me encuentro combatiendo dudas personales de la fe, recuerdo a todos aquellos individuos falibles que Dios usó como testigos de la grandeza de su amor y de la redención Divina. Es una de las primeras cosas que señalo al proclamar la credulidad y fidelidad del texto bíblico y, por supuesto, de la fe cristiana. Porque, a diferencia de cualquier otro texto sagrado, tan nobles o extraordinarias como puedan ser esas epopeyas, o tan poéticos y hermosos como sean esos textos, no muestran una imagen completa de la humanidad como lo hace la Biblia; sus héroes no son seres estropeados, sino seres humanos y semidioses encumbrados.

Parece justo preguntarnos: ¿Qué clase de Dios, de hecho, qué clase de religión, toma a seres humanos caídos y quebrantados y los incluye en el plan de salvación? Como el apóstol Pablo proclamó acerca de su propio ministerio «Porque el Dios que dijo: “La luz resplandecerá de las tinieblas» es el que ha resplandecido en nuestro corazón para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo. Con todo, tenemos este tesoro en vasos de barro para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros» (2 Cr 4. 6-7).

Los críticos y los que dudan del cristianismo pueden tener argumentos bien razonados y dudas legítimas que plantear con respecto a la fe (y de los fieles), pero algo que no se puede negar es que el Dios que muestra la Biblia no teme nuestra humanidad, ni ese Dios evita usar a quienes muchos consideran indeseables. Es precisamente esta humanidad que tenemos en común —que encuentro en mi propia vida con tanta frecuencia— y que está plasmada en la narrativa de las Escrituras lo que me hace creer en su veracidad y relevancia.

Y si eso no fuese suficiente, el cristianismo proclama un Dios que valora tanto a la humanidad que Dios Jesús se encarnó, se hizo humano. Tomó su propio vaso de barro y, al hacerlo, le otorgó a toda la humanidad un tesoro inconmensurable.

*Margaret Manning Shull es miembro del equipo de redacción y oratoria de Ravi Zacharias International Ministries en Bellingham, Washington.

Traduccion Voluntaria: Enrique Treviño

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